Cena jocosa, por Baltasar del Alcázar

junio 17, 2009

En Jaén, donde resido,

vive don Lope de Sosa,

y diréte, Inés, la cosa

más brava de él que has oído.

Tenía este caballero

un criado portugués…

pero cenemos, Inés,

si te parece, primero.

La mesa tenemos puesta;

lo que se ha de cenar, junto;

las tazas y el vino, a punto;

falta comenzar la fiesta.

Rebana pan. Bueno está.

La ensaladilla es del cielo;

y el salpicón, con su ajuelo,

¿no miras qué tufo da?

Comienza el vinillo nuevo

y échale la bendición:

yo tengo por devoción

de santiguar lo que bebo.

Franco fue, Inés, ese toque;

pero arrójame la bota;

vale un florín cada gota

de este vinillo aloque.

¿De qué taberna se trajo?

Mas ya: de la del cantillo;

diez y seis vale el cuartillo;

no tiene vino más bajo.

Por Nuestro Señor, que es mina

la taberna de Alcocer:

grande consuelo es tener

la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna:

vive Dios, que no lo sé;

pero delicada fue

la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,

pido vino de lo nuevo,

mídenlo, dánmelo, bebo,

págolo y voime contento.

Esto, Inés, ello se alaba;

no es menester alaballo;

sola una falta le hallo:

que con la prisa se acaba.

La ensalada y salpicón

hizo fin; ¿qué viene ahora?

La morcilla. ¡Oh, gran señora,

digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!

¡Qué través y enjundias tiene!

Paréceme, Inés, que viene

para que demos en ella.

Pues, ¡sus!, encójase y entre,

que es algo estrecho el camino.

No eches agua, Inés, al vino,

no se escandalice el vientre.

Echa de lo trasaniejo,

porque con más gusto comas;

Dios te salve, que así tomas,

como sabía, mi consejo.

Mas di: ¿no adoras y precias

la morcilla ilustre y rica?

¡Cómo la traidora pica!

Tal debe tener especias.

¡Qué llena está de piñones!

Morcilla de cortesanos,

y asada por esas manos

hechas a cebar lechones.

¡Vive Dios, que se podía

poner al lado del Rey

puerco, Inés, a toda ley,

que hinche tripa vacía!

El corazón me revienta

de placer. No sé de ti

cómo te va. Yo, por mí,

sospecho que estás contenta.

Alegre estoy, vive Dios,

mas oye un punto sutil:

¿No pusiste allí un candil?

¿Cómo remanecen dos?

Pero son preguntas viles:

ya se lo que puede ser:

con este negro beber

se acrecientan los candiles.

Probemos lo del pincel.

¡Alto licor celestial!

No es el aloquillo tal,

no tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!

¡Qué rancio gusto y olor!

¡Qué paladar! ¡Qué color,

todo con tanta fineza!

Mas el queso sale a plaza,

la moradilla va entrando,

y ambos vienen preguntando

por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo:

el de Pinto no le iguala;

pues la aceituna no es mala;

bien puede bogar su remo.

Pues, haz, Inés, lo que sueles:

daca de la bota llena

seis tragos.  Hecha es la cena;

Levántense los manteles.

Ya que, Inés, hemos cenado

tan bien y con tanto gusto,

parece que será justo

volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,

que el portugués cayó enfermo…

Las once dan, yo me duermo;

quédese para mañana.

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