Óleo

abril 3, 2009

Camino. Subo el escalón. A mediación, una exigua mancha de aceite hirviendo, colapsando con burbujas por la rabia solar. Va esparciéndose por el contorno. Puntos siguiendo puntos. Conjunto de puntos, siguiendo charcos. Explosión; implosión.

Espontáneamente la negrura va mutando. Sufre constantes metamorfosis. Su color varía. El resplandor la obliga.

¡Alto! ¡Detente! — grité exasperado ante la deleitante metamorfosis.

Siguió su camino. Subía escalones. Trepaba por paredes cuya altura le parecía gigante. Manadas de pato con crías, simulaban las burbujas; perros en jauría que aventuraban por allí.

Sin parar ante mi súplica, subía de escalón en escalón. Observando súbitamente al nuevo destinatario de sus rastros, pausada y con sosiego avanzaba.

Parálisis. Permaneció inmunda. En un cuerpo compacto, su procesión no estática cambió. En la pared del escalón quedó, verticalmente, sin dar un pequeño movimiento de vivencia.

Ojos mirando fijamente, sin zarandearse. Impávido. La afonía gobernó. Los animales de la cercanía enlutaron. Las paredes perdieron su solidificación. Cayendo las hojas del aire, moviéndose por el oxígeno, transfiguraban en agua. Saliva de canes navegando como río.

Quedando compacto, único, esparcido y observando la cohesión del aceite con los demás componentes, floté.

Humberto Ankli López Amida

Regresar a Principal

Anuncios

La muerte de la rosa

noviembre 2, 2008

[Texto escrito hace ya aproximadamente dos años]

Se encontraba frente a la pomposa pradera, con sus pétalos color rojo y el tallo verde. Su figura era muy detallada y cautelosa, y sus extremidades eran causa de asombro. Colocada frente al árbol grande, que parecían infinitamente alto, la rosa se veía la más ínfima minoría. Su inferioridad era causa de alegrías y era imposible no verla.

Frente a aquél árbol, grande y cuidado, crecido frente al acicalado de los regadores la rosa parecía no tener importancia. El magnánimo del tronco café a más no poder paraban a todo vehículo que pasaba por allí. Su altura era magnífica que, al verlo, el transeúnte caminaba hacia atrás, para captar la complejidad de sus hojas y la parte superior del tronco.

La rosa había crecido de las sobras. Su vida se debía a la casualidad del árbol, y si éste no hubiese existido y cuidado por sus dueños, la rosa nunca hubiera presenciado su coexistencia. El árbol, amable, regalaba de su tallo gotas de agua diaria a la rosa, porque su existencia le favorecía y complementaba su figura. Era un complemento básico que ponía en reciprocidad ambos seres. La rosa no sería nada sin el árbol, y el gran árbol sin la existencia de la rosa no causaría asombro.

Pero la rosa no se sentía orgullosa. Se sentía despreciada, mal viviente y apenas sobrevivía. Sus pétalos no eran efecto de cuidado, sino de casualidad. Su vida se debía a la de aquél gran árbol que, por su nobleza, inquietaba sus partes ínfimas para alimentar a aquélla semilla que se encontraba allí. Y la dueña, al ver la rosa, le causó asombro, pero veía que con la precaución debida al árbol ésta crecería sanamente.

A tres pares de meses ulteriores, la rosa no quedaba viva más. Sus pétalos hermosos eran motivo de desprecio y el árbol, en pleno otoño, causaba aún más asombro. La rosa se veía como un bicho frente al oso admirado, mientras el bicho aniquilado. Sus sentimientos pasaron a ser tristeza, y su vida no tenía más razón de ser. El árbol se dio cuenta de su existencia efímera y no quedaba como antes. El tronco había torcido y sus ramas, al verse sin hojas, se marchitaban.

Sin embargo la rosa no contentaba. Debía la argumentación al árbol por su sobrevivencia. Acusaba al árbol de su condición y pensaba que era egoísta por no donar más agua, al punto de no saber qué sucedió con aquél bello color rojo que, al pasar una persona, causaba obra de admiración. Su tallo no era verde claro, como el zacate ajustado tras la cerca; su color era verde fuerte, casi extinto, y daban ganas de llorar a ver aquélla hermosa flor que iba muriendo poco a poco.

El árbol, triste por sus difamaciones, se sintió culpable. Desechaba la culpa de su dueña, ya que él debía de compartir más su alimentación con la rosa. Día tras día, el árbol no florecía. Su fruto se lo dedicaba a la rosa y su comida también. Pero la rosa, sin mejora visible, moría.

Pensando en su nefasta existencia, la rosa calumnió frente a las plantas de todo el lugar, a aquél árbol grande.

¿Vieron cómo me dejó? Su egoísmo terminó por asesinarme- decía la rosa con sus pétalos hacia delante, como el insecto que al presentir el peligro se pone en la retaguardia.

Las demás plantas del lugar clamaban aquél suceso. Cómo era posible que un árbol tan grande, fuerte y duradero no donara una porción a aquélla amiguita que estaba junto a sí.

Una noche, cuando los ánimos se habían calmado, el árbol comenzó a acariciar a aquélla rosa, pues la vio nacer y crecer; presenció su lucidez y temía perderla. La rama grande y poderosa, bajando un par de centímetros, tocó la parte superior de aquéllos pétalos ya caídos y lilas, a punto de transparentarse más.

Se escucha un grito agudo sin parar. Todas las plantas de piso, los pastos verdes, las hierbas descuidadas, los arbolitos recién nacidos y toda aquélla muchedumbre se levantaron rápidamente.

¡La está matando! –gritaba una parte del pasto mientras sus puntas se descuartizaban.

Toda la pradera se puso en desconcierto. Para su suerte, la rosa había muerto, dejando sobre la rama del árbol su pequeño tallo, y manchando con un líquido blanco y espeso una hoja verdosa.

El árbol se desquició. Nunca más se le acercaron más bichos y las plantas no lo volteaban a ver. Cuando volteaba al pasto los seres calumniaban a sus espaldas, y se volteaban con una mirada de indiferencia.

Y pasaron meses desde aquél suceso. La dueña seguía regando el árbol, desconociendo lo sucedido, y preguntándose qué sucedió con la pequeña rosa hermosa que moraba frente al árbol.

Un día con poco sol, nubes bonitas merodeando el cielo y un aire que acariciaba a toda la pradera, el árbol vio una pequeña hojita nacer del suelo, presenciando y sintiendo aquella satisfacción que había sentido cuando la rosa ya muerta nació. Él sabía que la vida de una nueva rosa sería lujosa, y que al paso del tiempo moriría. No sabía si podría soportar una situación como la que sucedió antes, cuando aquélla rosa era la más hermosa y el conjunto lo hacía el árbol, cuando eran complemento recíproco. Decidió no dar por presenciada una situación de tal manera, y pensó. Una rama grotesca y con ramas por doquier aplastó aquélla hojita que estaba naciendo, quitándole la vida.

Humberto Ankli López Amida

Regresar a Principal

Valentía, navegante ¡Valentía!

septiembre 20, 2008

Valiente barco que navega sobre tumultosas mareas, subiendo y bajando entre las olas gigantes haciendo desechadamente su destino.

No hay lugar para un proceso erróneo. Sólo es posible mantener dos caminos palpables, teniendo cada uno su fatalismo: lo correcto y lo incorrecto.

Grandes, las mareas no pueden vencerte. Tus movimientos son una parte imprescindible para obtener la Victoria.

¡Ah! Pero cuando el mar se templa no hay más que seguir, intentando buscar nuevos desafíos por los cuales aventarse.

El buen navegador no es cuyo hombre se amuelda al estilo de las mareas peligrosas, sino aquel valiente que supera de forma dialéctica las antiguas figuras.

Para ello, valiente navegante, sólo tienes un arma poderosa que podrá hasta derrotar al más tirano ejército: la razón.

Valentía, navegante ¡Valentía!

Humberto Ankli López Amida

Regresar a Principal

La puerta

septiembre 20, 2008

La estrepitosa extremidad de la puerta esconde muchos misterios. En realidad, contiene incertidumbre, un vacío inexplicable para aquellos que no han indagado en sus entrañas; es una especie de mar cuya profundidad no se conoce; es el túnel del que no se encuentra una salida palpable, y su luz, a los pasos libérrimos, se va mostrando a la lejanía inalcanzable.

Sus líneas, chuecas, se esparcen por todo el contorno, como todo árbol en el bosque. Las manchas de suciedad son un recuento histórico de su legado: sirve para medir, especuladamente, sus años.

El sonido temible de sus rugidos es como el susurro de un fantasma que sólo es creado por la mente de los escuchas.

Abriéndose lentamente, similar a cuando el aire arrastra las hojas, muestra su incógnita; sus movimientos relucen su vida propia, como si pudiera elegir hacia dónde dirigirse, mostrando de vez en cuando sus ansias de libertad.

Y cuando, por cualquier motivo, se derrumbe, se tirarán consigo muchos recuerdos, historias y aventuras.

Humberto Ankli López Amida

Regresar a Principal